Dedicado a mis compañeros de viaje: David Hodgkinson y Damien Cornadó
Paris; Octubre-Noviembre 2006
Recuerdo con cariño mis años de transición entre el colegio y el instituto. Fueron aquellos típicos años en el que la amistad toma; además de una madurez personal, cercana, única y auténtica con cada individuo, una forma colectiva. El hecho de formar parte de un colectivo y sentirse participe en él te hace sentir bien, útil, valorado, querido... De alguna manera abandonas la niñez en la que solo eres capaz de relacionarte con una persona conocida como “mi mejor amigo” y la cual varia a lo largo del día según tu humor, tus deseos, tus necesidades (mezquinas o no) o tu voluntad de compartir tu tiempo y posesiones. Dejando esta forma de relación descubres cuan saludable y gratificante es aquella pandilla de amigotes en la que además de recibir te enseñan a dar y de repente aquellos sermones sobre compartir de los padres adquiere sentido.
Con aquel grupo de amigos (poquets però ben avinguts), descubríamos aspectos de nuestra vida y de la vida, supongo, en ella misma. Fueron años en los que descubríamos el amor, o lo que entendíamos por él, años en el que apenas habíamos leído algún libro de Camus o Prevert y creíamos entender la compleja condición humana, años en los que hacíamos novillos para juntarnos y ensayar canciones de Dylan, Hendrix y los Rollings o simplemente charlar en el césped mientras tomábamos nuestras primeras cervezas. Pero sobre todo fueron años en los que nos preguntábamos el qué seria de nosotros cuando seriamos mayores.
No sé si por mi falta de fe o por la dichosa manía de mirar atrás, lo que viene a ser lo mismo (sé de una que se transformo en estatua de sal por hacerlo), hoy sigo formulándome la misma pregunta.
Desde aquel entonces, crecimos, experimentamos, aprendimos e incluso conseguimos graduarnos por alguna fabulosa universidad. Y hoy se supone que debemos integrarnos en esa gran pandilla de amigotes llamada sociedad (palabra que empieza a aburrirme) sabiendo pertinentemente cual es nuestro rol, nuestro lugar, qué podemos tomar y que debemos dar. Sin embargo, de alguna manera, en estos días, trato de dar sentido, o mejor dicho, averiguar si aun en nuestros días la música que hago y sé hacer, cabe en algún hueco valorable que no sea el dichoso hueco que deja el silencio a propósito y que los humanos nos empeñamos en rellenar sin entender que el sonido debe respirar así como nosotros, nuestra alma y nuestra mente.
Lleno mis horas del día y las que el insomnio me brinda de noche escribiendo, llenando de grafito y restos de goma pautas vacías. Y a la vez que nota tras nota esos garabatos adquieren un significado profundo en mí, me doy cuenta que no es necesariamente lo que la gente quiere o esta dispuesta a oír. Tremendo dilema. ¿Acaso no estoy ofreciendo lo que debería dar? Peor aun: ¿no estaré cogiendo más de lo que me es permitido? ¿Debo sentirme satisfecho por buscar una identidad personal, que me haga sentir bien conmigo mismo y mi trabajo, en un cierto sentido una identidad egoísta en la que no tenga en cuenta al prójimo o por lo contrario tratar de dar un sentido palpable a mis notas, que puedan ser asequibles, sin ningún misterio por descubrir, agradable al oído fatigado por las bocinas y los móviles y a las mentes hastiadas de presiones que ejercen las paredes del despacho? Me pregunto que puedo aportar yo. Como el Dios del universo ha dejado caer en la punta de mis dedos la capacidad de dar vida a un trozo de madera, dar vida a unas machas negras. ¿Que puedo aportar yo?
En resumen: ¿Qué será de mi cuando sea mayor? Trato de ser sincero conmigo mismo y con mi trabajo y pienso que de esta forma seré irreprochable. Si algún día lo consigo podré retirarme en una cala de Menorca o Zarautz y descansar.
Un impulso de fe me llevo hasta aquí, esta ciudad de sueños, cuna de la cultura europea (algunos incluso dirán mundial) de la cual, visto de cerca, a veces parece que quede apenas un recuerdo de lo que un día fue, pero a menudo los mitos viven mas que ciertas realidades y son capaces de hacer resucitar leyendas. Pero de todo esto os hablaré en otra ocasión.
Os quiero.
SERGE


